"Uno de los pecados más graves que azota hoy a nuestro Continente: la corrupción", Papa Francisco


Mis hermanos Obispos reunidos en la Asamblea del CELAM 

Queridos hermanos 

Quiero acércame a Ustedes en estos días de Asamblea que tiene como mística de  fondo la celebración de los 300 años de Nuestra Señora Aparecida. Y, con Ustedes me gustaría poder  “visitar” ese Santuario. Una visita de hijos y de discípulos, visita de hermanos que como Moisés quie ren descalzarse en esa tierra santa que sabe albergar el encuentro de Dios con Su pueblo.

Así también  quisiera que fuese nuestra “visita” a los pies de la Madre, para que ella nos engendre en la esperanza y  temple nuestros corazones de hijos. Seria como “volver a casa” para mirar, contemplar pero especial mente para dejarnos mirar y encontrar por Aquel que nos amó primero.  Hace 300 años un grupo de pescadores salió como de costumbre a tirar sus redes “Salieron a ganarse  la vida y fueron sorprendidos por un hallazgo que les cambió los pasos: en sus rutinas son encontra dos por una pequefla imagen toda recubierta de fango.

Era Nuestra Señora de la Concepción, imagen  que durante 15 años permaneció en la casa de uno de ellos, y allí los pescadores iban a rezar y Ella  los ayudaba a crecer en la fe. Aún hoy 300 aflos después, Nuestra Señora Aparecida, nos hace crecer,  nos sumerge en un camino discipular. 

Aparecida es toda ella una escuela de discipulado. Y, al respecto,  quisiera señalar tres aspectos. El primero son los pescadores. No eran muchos, un grupito de hombres que cotidianamente salían a  encarar el día y a enfrentar la incertidumbre que el rio les deparaba. Hombres que vivian con la inseguridad de nunca saber cual seria la “ganancia” del día; incertidumbre nada fácil de gestionar cuando se  trata de llevar el alimento a casa y sobre todo cuando en esa casa hay niños que alimentar. Los pesca dores son esos hombres que conocen de primera mano la ambivalencia que se da entre la generosidad  del rio y la agresividad de sus desbordes. Hombres acostumbrados a enfrentar inclemencias con la re ciedumbre y cierta santa “tozudez” de quienes día a día no dejan - porque no pueden- de tirar las redes. Esta imagen nos acerca al centro de la vida de tantos hermanos nuestros. Veo rostros de personas que  desde muy temprano y hasta bien entrada la noche salen a ganarse la vida. Y lo hacen con la inseguridad  de no saber cual será el resultado. Y lo que más duele es ver que - casi de ordinario - salen a enfrentar  la inclemencia generada por uno de los pecados más graves que azota hoy a nuestro Continente: la corrupción, esa corrupción que arrasa con vidas sumergiéndolas en la más extrema pobreza. Corrupción  que destruye poblaciones enteras sometiéndolas a la precariedad. Corrupción que, como un cáncer, va  carcomiendo la vida cotidiana de nuestro pueblo. Y ahí están tantos hermanos nuestros que, de manera  admirable, salen a pelear y a enfrentar los “desbordes” de muchos... de muchos que no necesitan salir. El  segundo  aspecto  es  la  Madre.  María  conoce  de  primera  mano  la  vida  de  sus  hijos.  En  criollo  me   atrevo a decir: es madraza. Una madre que está atenta y acompafla la vida de los suyos. Va a donde no  se la espera. 

En el relato de Aparecida la encontramos en medio del rio rodeada de fango. Ahí espera a  sus hijos, ahí está con sus hijos en medio de sus luchas y búsquedas. No tiene miedo de sumergirse con  ellos en los avatares de la historia y, si es necesario, ensuciarse para renovar la esperanza. María aparece  allí donde los pescadores tiran las redes, allí  donde esos hombres intentan ganarse la vida. Ahí está ella. Por último, el encuentro. Las redes no se llenaron de peces sino de una presencia que les llenó la vida  y les dió la certeza de que en sus intentos, en sus luchas, no estaban solos. Era el encuentro de esos  hombres con María. Luego de limpiarla y restaurarla la llevaron a una casa donde permaneció un buen  tiempo. Ese hogar, esa casa, fue el lugar donde los pescadores de la región iban al encuentro de la Aparecida. Y esa presencia se hizo comunidad, Iglesia. Las redes no se llenaron de peces, se transformaron  en comunidad. En  Aparecida,  encontramos  la  dinámica  del  Pueblo  creyente  que  se  confiesa  pecador  y  salvado,  un   pueblo recio y tozudo, consciente de que sus redes, su vida, está llena de una presencia que lo alienta a  no perder la esperanza; una presencia que se esconde en lo cotidiano del hogar y de las familias, en esos  silenciosos espacios en los que el Espíritu Santo sigue apuntalando a nuestro Continente. Todo esto nos  presenta un hermoso icono que a nosotros, pastores, se nos invita a contemplar. 

Vinimos como hijos y  como discípulos a escuchar y aprender que es lo que hoy, 300 años después, este acontecimiento nos  sigue diciendo. Aparecida  (ya  sea  aquella  aparición  como  hoy  la  experiencia  de  la  Conferencia)  no  nos  trae  recetas   sino claves, criterios, pequeñas grandes certezas para iluminar y, sobre todo, “encender” el deseo de  quitarnos todo ropaje innecesario y volver a las raíces, a lo esencial, a la actitud que plantó la fe en los  comienzos de la Iglesia y después hizo de nuestro Continente la tierra de la esperanza. Aparecida tan  solo quiere renovar nuestra esperanza en medio de tantas “inclemencias”. La primera invitación que este icono nos hace como pastores es aprender a mirar al Pueblo de Dios.  Aprender a escucharlo y a conocerlo , a darle su importancia y lugar. No de manera conceptual u or ganizativa, nominal o funcional. Si bien es cierto que hoy en día hay una mayor participación de fieles  laicos, muchas veces los hemos limitado solo al compromiso intraeclesial sin un claro estimulo para  que permeen, con la fuerza del evangelio, los ambientes sociales, políticos, económicos, universitarios.  Aprender a escuchar al Pueblo de Dios significa descalzarnos de nuestros prejuicios y racionalismos, de  nuestros esquemas funcionalistas para conocer cómo el Espíritu actúa en el corazón de tantos  hombres  y  mujeres  que  con  gran  reciedumbre  no  dejan  de  tirar  las  redes  y  pelean  por  hacer   creíble el evangelio, para conocer como el Espíritu sigue moviendo la fe de nuestra gente; esa fe que no  sabe tanto de guanacias y de éxitos pastorales sino de firme esperanza. 

!Cuánto tenemos aprender de la  fe de nuestra gente! La fe de madres y abuelas que no tienen miedo a ensuciarse para sacar a sus hijos  adelante. Saben que el mundo que les toca vivir está plagado de injusticias, por doquier ven y experi mentan la carencia y la fragilidad de una sociedad que se fragmenta cada día más, donde la impunidad  de la corrupción sigue cobrándose vidas y desestabilizando las ciudades. No  solo  lo  saben...  lo  viven.  Y  ellas  son  el  claro  ejemplo  de  la  segunda  realidad  que  como  pastores   somos invitados a asumir: no tengamos miedo de ensuciarnos por nuestra gente. No tengamos miedo  del fango de la historia con tal de rescatar y renovar la esperanza. Sólo pesca aquél que no tiene miedo  de arriesgar y comprometerse por los suyos. Y esto no nace de la heroicidad o del carácter kamikaze  de algunos, ni es una inspiración individual de alguien que se quiera inmolar. Toda la comunidad crey ente es la que va en búsqueda de Su Señor, porque sólo saliendo y dejando las seguridades (que tantas  veces son ‘mundanas”) es como la Iglesia se centra. sólo dejando de ser autoreferencial somos capaces  de re-centrarnos en Aquél que es fuente de Vida y Plenitud. 

Para poder vivir con esperanza es crucial  que nos re-centremos en Jesucristo que ya habita en el centro de nuestra cultura y viene a nosotros  siempre nuevo. El es el centro. Esta certeza e invitación nos ayuda a nosotros, pastores, a centrarnos  en Cristo y en su Pueblo. Ellos no son antagónicos. Contemplar a Cristo en su pueblo es aprender a  descentrarnos de nosotros mismos, para centrarnos en el único Pastor. Re-centrarnos con Cristo en su  Pueblo es tener el coraje de ir hacia las periferias del presente y del futuro confiados en la esperanza de  que el Señor sigue presente y Su presencia será fuente de Vida abundante. De aquí vendrá la creatividad  y la fuerza para llegar a donde se gestan los nuevos paradigmas que están pautando la vida de nuestros  países y poder alcanzar, con la Palabra de Jesús, los núcleos más hondos del alma de las ciudades donde,  cada día más, crece la experiencia de no sentirse ciudadanos sino más bien <ciudadanos a medias> o  <sobrantes urbanos> (Cfr. EG 74). Es cierto, no lo podemos negar, la realidad se nos presenta cada vez más complicada y desconcertante,  pero se nos pide vivirla como discípulos del Maestro sin permitirnos ser observadores asépticos e im parciales, sino hombres y mujeres apasionados por el Reino, deseosos de impregnar las estructuras de  la sociedad con la Vida y el Amor que hemos conocido. Y esto no como colonizadores o dominadores,  sino compartiendo el buen olor de Cristo y que sea ese olor el que siga transformando vidas. Vuelvo a reiterarles, como hermano, lo que escribía en Evangelii Gaudium (49): "prefiero una Iglesia  accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la  comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro  y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos  santamente y preocupar nuestra conciencia es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz  y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte  de sentido y de vida. 

Más que el temor a equivocarnos espero que nos mueva el temor a encerrarnos  en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables,  en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús  nos repite sin cansarse: <¡Dadles vosotros de comer!> (Mc 6,37)".

Esto ayudará a revelar la dimensión misericordiosa de la maternidad de la Iglesia que, al ejemplo de  Aparecida, está entre los “ríos y el fango de la historia” acompañando y alentando la esperanza para que  cada persona, allí donde est6, pueda sentirse en casa, puede sentirse hijo amado, buscado y esperado. Esta mirada, este diálogo con el Pueblo fiel de Dios, ofrece al pastor dos actitudes muy lindas a cultivar:  coraje para anunciar el evangelio y aguante para sobrevellevar las dificultades y los sinsabores que la  misma predicación provoca.

En la medida en que nos involucremos con la vida de nuestro pueblo fiel  y sintamos el hondón de sus heridas, podremos mirar sin “filtros clericales” el rostro de Cristo, ir a su  Evangelio para rezar, pensar, discernir y dejarnos transformar, desde Su rostro, en pastores de esperan za. Que María, Nuestra Señora Aparecida, nos siga llevando a su Hijo para que nuestros pueblos en Él,  tengan vida... y en abundancia. Y, por favor, les pido que no se olviden de rezar por mi. Que Jesris los bendiga y la Virgen Santa los  cuide. Fraternalmente. 

Franciscus

Vaticano, 8 de mayo de 2017

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